ESCRIBIR LA CIUDAD

 

 

Tiendo a sentir, imaginar y pensar las ciudades en función de los personajes pintorescos que patean sus calles; me parecen imprescindibles sus artistas que se desgastan en el bar o el café, principalmente escritores y pintores. Una ciudad carece de significación si determinado pintor, callejero o de museo, no ha inmortalizado alguna de sus calles en un cuadro, si un poeta no le ha dedicado un verso a la iglesia y al burdel. Las ciudades tienen gran significado para mí si son edificadas también a través de la palabra escrita.

 

 

Mi primer libro es una biografía rabiosa sobre José Rafael Pocaterra, escritor al cual de alguna manera considero apéndice imprescindible de la ciudad de Valencia por muchas razones, pero sobre todo por un extenso poema que el escritor le escribió y debido a que muchos sitos de Valencia, donde nací y transcurrió mi infancia, son los escenarios de algunos de sus cuentos grotescos. Cuando escribía sobre Pocaterra, también caligrafiaba mi amor/odio, en una extraña mezcla, por una ciudad conservadora y plana la cual sólo adquiere vida y contorno gracias a sus artistas, del resto sería una ciudad mezquina, obtusa, preocupada sólo por los apellidos y las apariencias.

 

Viena es una ciudad que vinculo de inmediato a Karl Kraus y Peter Altenberg. El primero fue un verdadero azote contra la impostura de los vieneses, una espina mortífera clavada en la garganta de los escritorzuelos vendidos al mejor postor y de los cagatintas, diseminados como moscas, en semanarios y periódicos. El segundo fue también escritor, pero sobre todo fue un personaje de la vida bohemia. Fue un ocioso toda su vida y su existencia trascurrió entres hoteles de mala muerte y cafés. Sus libros están compuestos de aforismos, apuntes, impresiones breves de una contemporaneidad sin igual. Aunque nunca he estado en Viena estos dos escritores me la han presentado en todo su esplendor y miseria. Kraus amó mucho a la ciudad donde ejerció una influencia subrayada, pero también escribió: "Viena, es el lugar donde se fragua la destrucción de la humanidad".

 

Algo parecido me sucede con Dublín. Ciudad que de inmediato, y sin pretensión literaturesca alguna, conecto con James Joyce. La edición que poseo de su libro de cuentos "Dublineses", es una traducción de Guillermo Cabrera Infante con el agregado de unas fotos de esa Dublín en sepia inmortalizada por Joyce en sus relatos.

 

Julio Verne en su libro "El soberbio Orinoco" habla con tal propiedad de ciudad Bolívar, e incluso especula que esta se unirá a Caracas a través del ferrocarril, y especula en un salto visionario sobre el puente en Angostura. Todo ello estaba en la imaginación de Julio Verne, luego Ciudad Bolívar se ha ido amoldando a lo escrito por Verne y ya no sabe uno donde empieza la ciudad escrita y donde termina la ciudad construida en la realidad.

 

Hace poco el poeta Francisco Arévalo dio punto final a una historia titulada "La Astromelia de Quisquilla". Trata de una puta quisquellana de excelsa y asirenada belleza. El cuento lleva al lector de la mano por el esplendor y decadencia de una mujer sencilla que sólo tuvo su cuerpo y su perfección de facciones para enfrentar la vida en un país extranjero. La historia no es nueva, pero lo que cambia es la escenografía donde se mueve el personaje. Es un cuento triste que tiene como telón de fondo Ciudad Guayana. Francisco Arévalo ha escrito reiteradamente sobre esta ciudad, le ha proporcionado sensibilidad y metáfora en sus poemas. Leer a Ciudad Guayana en sus relatos, novelas y poemas te reconcilia con un lugar inhóspito, construido con el alma del concreto armado y el asfalto.

 

Para los escritores las ciudades antes que escenarios palpables son lugares para la escritura, sitios para ser soñados y reinventados desde las palabras, en muchos casos son sólo metáforas, lugares idealizados desde la sensibilidad y la poesía. Onetti inventó una ciudad para algunas de sus novelas. Cortázar hizo lo propio en su novela "62, modelo para armar", El Buenos Aires de Borges y de Sábato es real y fantástico al mismo tiempo como le sucede a la ciudad de Danzig (la actual Gdansk polaca) escrita y rescrita muchas veces por Günter Grass.

 

Nunca he estado en Venecia, pero un poema de Teófilo Tortolero la devuelve real y soñada: Venecia está sobre las aguas./ Sus casas Navegan en canales/ Y ondulan medias de señoras fajas y Golondrinas/ En las apariciones de la espuma (ya las cartas No van lacradas Nadie se teme lo bastante) /De la barcaza grito una pregunta Que nadie responderá de los palacios/ Dejad que solo en este embarcadero me Condene /Venecia está el agua como una mentira.

 

La ciudad escrita es mejor que esa ciudad planificada por arquitectos y constructores. La Valencia escrita por Pocaterra en sus libros tiene para mí un valor de estático anacronismo. Hoy día la Ciudad de Valencia se ha transformado, se ha tornado algo irreal para mí. No reconozco sus amplias avenidas, un nuevo metro recorrerá sus entrañas y los bares donde solía reunirme con otros poetas y escritores han desparecido. La ciudad escrita queda en mi memoria, así como quedará Ciudad Guayana en la memoria escrita del poeta Arévalo.

 

Las ciudades se hacen también con memoria y desamor, con algunos momentos que no queremos arrojar a la papelera del olvido y con otros instantes que deseamos borrar por completo de la pizarra de nuestro espíritu.

 

A veces, de manera ineludible, la ciudad también nos escribe, va convirtiéndoles en personajes, en una música para sordos transeúntes. En multitud anónima que se pierde en la maraña de calles, alguien escribe nuestra historia, alguien estará soñando esta ciudad, escribiéndola con el ritmo presuroso de la poesía. Nunca se sabe.

 

Claudio Magris escribió que la metrópolis moderna parece un lugar donde se celebra, con un ritmo cada vez más acelerado, el triunfo del tiempo, de lo perecedero y fortuito. El escritor trata de escapar de ese estuche de tiempo transitorio a través de su escritura. Trata de volver eternas ciudades que con el devenir de los días serán sólo cadáveres exquisitos donde se mezclan pasado, presente y futuro.

 

Afuera me espera un río, un crepúsculo que devora la línea del horizonte. La ciudad es una parábola que se escribe para pasar en el limpio el malentendido de la vida. Sólo la escritura le proporciona sustancia a este escenario teatral que son las ciudades y en donde representamos un papel sin grandes resonancias heroicas.

RAFAEL BOLÍVAR CORONADO, fraude y literatura

 

La suerte del Alma llanera ha sido cambiante como el sempiterno autor de su letra: Rafael Bolívar Coronado. La canción que forma parte de una zarzuela criollista en un cuadro se convirtió en el segundo himno nacional. Ha sido interpretada y coreada a lo largo de Latinoamérica hasta la saciedad y en cada interpretación se le ha incorporado nuevos acordes e incluso tergiversado su letra original. En nuestro país se le utilizó por un tiempo como conclusión abrupta de cualquier fiesta; era la manera elegante y un tanto venezolana de mostrarles la puerta a los invitados. El destino de su autor también ha sido caprichoso. Rafael Bolívar Coronado fue un escritor con un innegable talento, no obstante su vida ladeada hacia el desparpajo y la trampa lo ha fichado para la posteridad como un zángano de las letras, especie de autor de segunda mano que utilizó más de seiscientos nombres diferentes para firmar sus escritos. Fue un indiscutible truhán  que sin escrúpulo alguno se valió de los nombres de algunos autores consagrados para presentar textos suyos. Jamás se detuvo en consideraciones éticas al momento de engañar y timar en su buena fe a lectores y editores.

 

Escribió muchos libros y ninguno, tuvo buena cantidad de nombres y ninguno. Para Coronado el acto de escribir no fue ni por asomo una forma de alcanzar la gloria o el éxito intelectual, fue si se quiere un medio para subsistir y sufragar sus gastos primarios. Nunca estuvo preocupado de la obra, ni de la inmortalidad, sólo estaba a contrarreloj para conseguir algunas monedas y “quitarle la telaraña a las muelas”, según sus propias palabras.

 

Hay dos libros imprescindibles para conocer de cerca a Coronado: “el hombre que nació para el ruido” de Oldman Botello y “Un hombre con mas de seiscientos nombres” escrito por ese historiador, filósofo, ensayista, catedrático e increíble  bibliófilo como lo es Rafael Ramón Castellanos.

 

La vida de Rafael Bolívar Coronado estuvo estrechamente unida a la literatura y quizás este hecho le salva de toda su irresponsabilidad intelectual, le convierte en un autor idóneo  para la postmodernidad debido a que no respetó ni a escritores y mucho menos sus obras, despojó al quehacer literario de toda su pompa circunspecta, de todo ese boato de clasicismo formal. Coronado fue una personalidad artística, psicológicamente no del todo equilibrada, que invirtió sus mejores esfuerzos en ser un escritor a tiempo completo. Jamás dudó en ejercer otro oficio que no fuese el de escribir. Que estaba loco nadie lo duda. Que todas sus trampas, triquiñuelas y estafas estaban circunscritas a la esfera de lo literario.

 

Si se puede esgrimir un alegato a su favor sería su proverbial destreza para elegir nombres y su especial caradurismo para sumir el trabajo literario: a destajo y sin tiempo. Como alegatos en contra se podría esgrimir la forma despiadada para atacar a sus adversarios y enemigos a través de su escritura. Su sentido amoral para usurpar  los nombres de otros escritores y endosarles sin empacho sus propios escritos por el simple hecho de ganar algunas monedas. Esta actitud pesetera nada tiene que envidiarle a muchos de sus contemporáneos quienes como prostitutas aceptaban embajadas o altos cargos en el gobierno. Por lo menos Coronado iba a sus aires y escribía aquello que más le resultaba y lo que le provocaba en ese momento.

 

A Coronado puede que lo salve su humor. Se burló a placer de sí mismo y de todo un medio intelectual acartonado y con ínfulas de gloria, premios y plazoletas. Él bajó de su pedestal bostezante la profesión literaria y nunca estuvo interesado en ser un escritor de oficio con una obra elaborada para llenar anaqueles. Estuvo preocupado por convertir la profesión de escribir en una temeridad desgarrada y risueña. Ese sentido de anonimato que imprimió a su trabajo (oculta con tantos nombres posibles) dice mucho de un escritor cuya necesidad parece ser sacar a luz lo escrito. No quiso escribir para la gaveta, sino para los lectores en el ardiente presente.

 

Sus inicios como escritor se remontan a su Villa de Cura natal en el Estado Aragua, en un semanario del que era cofundador. Después sus colaboraciones llegaron a prestigiosas publicaciones de la época como “El Cojo Ilustrado” y “El Nuevo Diario”. Por un tiempo merodea por Caracas desplegando una actividad literaria prolífica. Escribía para distintos diarios y revistas como “Horizontes” de Ciudad Bolívar y Aten as de la capital.

 

En Caracas como buen conversador y charlatán amplia el campo de sus amistades literarias y militares. De pronto se encuentra en la plana mayor de los adláteres al régimen gomecista. Anda en estas malas compañías  hasta el año 1913. De regreso a Villa de Cura reflexiona y escribe sobre su peripecia como militar agregado que pueden leerse en “Memorias de un semibárbaro” . Para el año de 1914 vuelve a Caracas y se desempeña como colaborador y redactor de la revista “Atenas”. De igual modo escribe para otros diarios y se desempeña como educador en una escuela municipal. Para el 19 de septiembre de ese mismo año se estrena la zarzuela, en un acto y tres cuadros, “Alma llanera”. La letra es de Coronado, la música pertenece a Pedro Elías Gutiérrez  y es llevada a escena por la compañía de Matilde de Rueda.

 

Antes del estreno de seguro Coronado estaba hecho un amasijo de nervios. Como pudo aguantó hasta casi finalizada la obra y luego abandonó la sala. La obra fue un éxito y el público pidió la presencia del autor. Luego explicaría a sus amigos sus razones: “Me fui porque me imaginé que el público me iba a silbar”. Este miedo al fracaso quizá lo llevó a ocultarse siempre para escribir.

 

La canción principal de la zarzuela es tarareada en todas partes. Coronado y Gutiérrez deciden presentar la obra a un público más selecto. La suerte del Alma llanera estaba escrita; se convertirá con el tiempo en el segundo himno de Venezuela. Coronado tuvo sentimientos contradictorios con respecto a los versos de la canción y en un artículo llegó a escribir: “De todos mis adefesios es la letra del Alma llanera del que más me arrepiento. En efecto. Es ésta mi página dolorosa, el hijo enclenque de mi espíritu, la cana al aire, la metida de pata”.

 

Para el año 1915 aparecen las bases de los primeros “Juegos Florales de Venezuela” y unos meses más tarde el jurado para la categoría  cuento estará conformado por José Gil Fortoul, J. M. Herrera Irigoyen y Jesús Senprum. El cuento premiado es “El nido de azulejos” de Coronado.

 

Coronado a pesar de estos aparentes triunfos parece no estar satisfecho y su espíritu inquieto lo impulsa a probar nuevos aires. Realiza trámites y obtiene los beneficios del gobierno para viajar a España. Ya en tierra española se convierte en un agente de perturbación política contra la dictadura de Juan Vicente Gómez.

 

En Madrid sin oficio conocido y vigilado por los funcionarios de la embajada contacta con el poeta Francisco Villaespesa. Con un legajo de cartas de recomendaciones y mentiras embauca al poeta y director de la revista “Cervantes”. Villaespesa para ayudarlo y lo agrega a la plantilla de su revista como corrector. Aunque Coronado no sabe un ápice sobre la corrección de textos acepta el trabajo.

 

La revista se edita y por supuesto los errores, gazapos y erratas son abundantes, sin mencionar el hecho que algunos escritos son de Coronado con el nombre de insignes escritores  hispanoamericanos. Estalla el escándalo y se traslada a Madrid.

 

Otra vez sin dinero y con el apremio del hambre encuentra una oportunidad de oro para utilizar su ingenio cuando se entera que un compatriota suyo Rufino Blanco Fombona necesita manuscritos para inaugurar la “Editorial América” y una de cuyas colecciones estará dedicada a la historia colonial.

 

Coronado se hace pasar por copista de unos manuscritos que reposan en la Biblioteca Nacional de Madrid. Los autores de dichos manuscritos de la colonia son: Maestre Juan de Ocampo, F. Salcedo de Ordóñez, Mateo Montalvo de Jarama y algunos otros. El copista obtiene el vil metal por sus servicios lo que permitirá subvivir algunos meses. A la par de estos “trabajos literarios” de calderilla escribe artículos para distintos periódicos en los cuales denuncia el gobierno de mano dura de Gómez y no por capricho uno de estos textos lleva por título “Gomezuela”. Esto vuelve a desatar las pasiones políticas de rigor.

 

En estos días convulsionados algún sabelotodo entrometido (que nunca falta) descubre graves fallas gramaticales en  los textos de historia colonial. Los encargados de la Editorial, con Blanco Fombona a la cabeza, buscan desesperados en la biblioteca los originales y descubren la estafa.

 

Blanco Fombona además de escritor y editor era un hombre de malas pulgas y armado que no se andaba con sutilezas literarias a la hora de resolver conflictos. De seguro tenía una bala con el nombre de Coronado, pero no pudo encontrarlo. Ante tal disyuntiva optó por publicar un libro inédito del estafador: “Memorias de un semibárbaro”. Hacer publicar dichas memorias era un poco desenmascararlo y desacreditarlo en todo sentido.

 

Coronado sobrevive a duras penas con las colaboraciones a distintos diarios y empleando distintos nombres que según la cuenta de Rafael Ramón Castellano sobrepasa la cifra de seiscientos nombres. Por fin se le ocurre la idea de las antología de poetas latinoamericanos.

 

El editor Ramón Sopena compró varias de estas colecciones. Como era lógico Coronado ensamblaba dichas colecciones en cuestión de semanas y si le faltaban poetas o poemas los inventaba de manera inmisericorde.

 

Una de las situaciones más ilustrativa de este pícaro redomado involucra al poeta Andrés Eloy Blanco, quien con su libro “Canto a España” obtuvo un prestigioso premio en metálico. Antes de la llegada del poeta cumanés Coronado hace su tarea. Se dedica a escribir loas rimbombantes a la poesía y persona del poeta. Con paciencia premeditada guarda los recortes de prensa. Coronado remite al hotel donde se aloja el poeta laureado los recortes de prensa y su dirección. Pasan algunos días y no obtiene ninguna señal. Urgido de dinero le envía un telegrama urgente: “Andrés Eloy eres un Astro. Los Astros giran. Gírame algo”.

 

A pesar de toda su trágica y precaria existencia Coronado no pierde el pulso para ser irónico y esto si se quiere le salva, lo devuelve a nuestros días irremediablemente vivo y quijotesco. No sin razón el escritor peruano Fernando Iwassaki escribe: “Entre los impostores y falsarios de la literatura, el venezolano Rafael Bolívar Coronado (1884-1924) merece un lugar de privilegio al lado de George Psalmanzar y James MacPherson, aunque haciendo hincapié en que Bolívar Coronado escribió su obra apócrifa en el siglo XX y no para halagar su vanidad o conseguir más poder, sino para llegar a fin de mes”.

 

Coronado escribió mucho y su obra es tan dispersa y caótica como su vida. Escribió de todo e incluso pergeñó una biografía de Lenin en un momento en que este personaje daba sus primeros pasos por la alfombra roja de la historia.

 

Rafael Bolívar Coronado estaba loco y su locura fue escribir en un tiempo en el cual los escritores estaban interesados en formar parte del decorado del poder como funcionarios o asesores. Con su vida ha escrito la página literaria más fantástica, estrafalaria y vigorosa de nuestro país. Arrojó por el desagüe de la trampa y el heterónimo el prestigio de ser escritor. Quizá dilapidó su talento literario tratando de convertir el hecho de escribir en una actividad perdida en el tumulto de lo común. Coronado como ningún otro descubrió que el escritor es sólo un ídolo con pies de barros y cuando la literatura se torna un eco insoportable de nadería ególatra pensemos en su peripecia intelectual, en sus trampas y en su aventajado lirismo de tener la literatura como un medio y no como un fin en sí misma.

MARTA TRABA, el duro arte de mirar.

 

 

¿Qué reacciones nos asaltan al mirar un cuadro? ¿Cómo vemos la realidad que recrea una pintura? ¿Cuál es nuestra posición ante obras que parecen burlarse de nuestra inteligencia? ¿Cuál pintor que se inicia será una luminaria en la historia del arte y el mercado? De seguro un crítico de arte se hace estas mismas preguntas que cualquier observador común de obras artísticas. Sin duda el ojo especializado de un crítico, a diferencia de nuestra mirada inexperta, no tendrá piedad con la obra expuesta. Nadie quiere estar en la piel del crítico de arte, nadie quiere semejante oficio que busca ser una guía y al mismo tiempo desentrañar el peculiar vínculo entre el arte y la existencia.

 

Marta Traba fue una crítica de arte honesta e implacable. Para muchos de sus detractores era sólo una bruja pérfida en ese cuento del arte, para otros era una argentina pedante, recalcitrante y furibunda que colocó a varios en artistas en la picota de sus críticas por puro placer masoquista, para un pequeño grupo de adeptos era una artista (aunque no pintaba había escrito algunas novelas) que escudriñó con palabras los derroteros del arte con cierta calculada frialdad. Su verticalidad crítica la colocó siempre en un lugar nada cómodo. Para ella cualquiera valoración plena de equidad debía estar desprovista de todo superficial arrebato sentimentaloide con la obra o el artista. Cuestión complicada y paradójica ya que ella estaba hecha de candente pasión. Detestaba a rabiar por todos esos insufribles teóricos y críticos de página cultural interesados en sólo agradar, preocupados en enfocar la obra de arte desde la ambigüedad poética para no herir susceptibilidades, desplegando críticas anodinas que se regodeaban en una nadería verbal y todos felices. No sin enorme acierto  la misma Marta Traba escribió: “La crónica de arte en nuestros países está hecha en su inmensa mayoría de mentiras, falseamientos e inflación de mediocridades, armada con páginas hilarantes producidas por la imaginación parnasiana de poetas y escritores que, impelidos por la amistad no vacilaron en el ditirambo”.

 

Con Marta Traba la crítica de arte retoma su ruta polémica. Ella como ningún otro crítico pasó la complejidad estética latinoamericana por la criba de su aguda y culta mirada, por la agudeza rabiosa de su criterio para diseccionar la obra de arte no como un objeto de culto aislado, sino como un hecho plástico que respondía a los vaivenes sociales y políticos. Sus postulados y posiciones, a veces arbitrarias, no han perdido un ápice de vigencia: “El artista actual sigue siendo burgués y continúa expresando el mundo de la burguesía. Si aparentemente ha cesado de prestarle un servicio, es porque nuevas formas expresivas lo desalojan contra su voluntad, no porque esté situado en un campo opuesto. Sigue en el mismo campo, pero sus ofrecimientos han perdido atractivo para la burguesía desde el momento en que aparecieron competidores más tácticos, complacientes y dispuestos a facilitarle la ingestión de alimentos culturales más fáciles, así como todas las falsificaciones literarias y artísticas que constituyen la industria cultural”.

 

Este libro editado por La Biblioteca Ayacucho “Mirar en América” recopila un conjunto andariego de textos críticos que recorren la geografía plástica de nuestra América mestiza, mágica y cambiante. Además de los escritos estrictamente sobre arte tiene la apostilla adicional de una recopilación de escritos literarios en los cuales tampoco se anda por las ramas a la hora de meter baza: “Yo creo ahora que del muralismo mexicano no puede salvarse nada, ni las soldaderas de Orozco de la Preparatoria, que parecen desteñidas y muertas. La pintura de Rivera es de una pobreza estremecedora y después de recorrer metros y metros de acumulaciones de cabezas sin orden ni concierto, se sienten náuseas ante tal falta de imaginación y de respeto por algo tan ignorado por él como es el ritmo y el espacio”. Esta visión con respecto al arte mexicano fue cambiando, pero esta manera virulenta de sus observaciones le granjeó entre artistas, directores de museos y galeristas una calculada animadversión. Luego estaba su postura política progresista que siempre causó escozor en ese ambiente cultural de militares sanguinarios y politicastros de saldo y ocasión.

 

Este libro “Mirar en América” permitirá a las nuevas generaciones involucradas con la actividad artística como espectadores, creadores o investigadores descubrir una voz crítica implacable, una visión sobre el arte sin prejuicios y que no recurre al tópico ni se regodea en un lirismo almibarado para no hacer aportes ni asumir posiciones críticas sobre la obra de arte. De igual modo permite este libro constatar la vigencia, como escribiera  Juan Guatavo Cobo Borda, de una adelantada en ese duro oficio de crítica artística.

 

La vigencia del pensamiento y de los postulados de Marta Traba son indiscutibles y de seguro se deben a su postura abierta. Nunca se sometió al corsé de la ortodoxia política o cultural o como escribe Cobo Borda: “Su compromiso intelectual era un compromiso no con una postura ideológica (…) Tuvo posturas de acuerdo a los acotecimientos que iba viviendo en los años sesenta…”

 

Marta Traba fue fiel a Latinoamérica y su furiosa crítica estaba destinada a romper máscaras, a resquebrajar esa fachada pomposa del arte como adorno, como objeto decorativo desprovisto de subversión. Ella creía con fervor en un arte que asumiera riesgos estéticos, que no tuviese miedo a evidenciar las contradicciones políticas y sociales del entorno.

 

Con respecto al quehacer artístico de nuestro país siempre fue dura y cortante. La República del Este le resultaba una loa de entreguismo intelectual. Su crítica al cientismo fue demoledora. Su visión sobre nuestro orbe cultural y estético fue de una vitriólica exactitud: “Pero si éste es un país violento refrendado por sus escritores como tal y conducido a la violencia con espantable y sistemática regularidad por sus procesos políticos, ¿en qué cara de Venezuela queda el triunfo de un arte neutral, apolítico, de investigaciones y de juegos, de diversiones y entretenimientos ópticos? En el reverso de esa realidad mensurable, existente que constituye un concreto y dramático anverso. De espaldas a la realidad, sólo queda esa dimensión universal, gaseosa y ajena en medio de la cual los artistas, como verdaderos juglares de la clase dominante, la distraen y consuelan de la violencia. En este camino, ya el mimetismo no se produce al alto nivel Vasarely-Soto, Agam-Cruz Diez, sino a un nivel más doméstico, de mimetismo de mimetismos. ¿Qué otra cosa se puede pensar cuando se lee que los jóvenes cuya ilusión es ir de Cariguatica a París hagan roto res, táctiles, psicomagnéticos, catálisis, trabajando de pseudo-físicos, pseudo-químicos: sosteniéndose en Europa con el "cuatro" a imagen y semejanza del Maestro; pasando penurias para conseguir unos "puntos aéreos" que en el momento que se consiguen ya sufrieron, por vía de los "múltiples", la desvalorización implacable de la sociedad de consumo? La discusión del arte venezolano a dos niveles: 1) como hechos creativos originales y, 2) como hechos creativos cuya originalidad revele al mundo la existencia de un sitio llamado Venezuela, está, creo yo, muy lejos de haberse resuelto. Al contrario, veo que a medida que la clase dominante venezolana ha perdido ingenuidad y cierta inocencia de origen, y se ha sentido más fuerte, más rica, más poseedora, mayor ha sido el empobrecimiento de los artistas plásticos dispuestos a servirl

Acerca de yusti

Literatura

Archivo

Suscríbete

RSS | Atom

Contacto

Contactar

Albergado en:blogdiario.com

Noticias: Noticias

Un servicio de HispaVista